Punto de vista Enrique Caballero Peraza Sobre la inevitabilidad de la extinción humana

Punto de vista
Enrique Caballero Peraza
Sobre la inevitabilidad de la extinción humana

Tempus fugit, memento mori. (El tiempo vuela, recuerda que eres mortal).
Cita latina anónima.
La destrucción por medios naturales de razas y especies enteras es un proceso lento y gradual. Los seres que una vez vivieron han desaparecido para siempre, y no hay ningún poder conocido que pueda restaurarlos. […] La extinción ha sido, y sigue siendo, uno de los principales motores de los cambios orgánicos en la superficie del globo.
Sir Charles Lyell, geólogo y paleontólogo británico, en su obra «Principles of Geology» (Principios de Geología), publicada en el siglo XIX.

E
n los círculos intelectuales se despierta cada vez más debate sobre la viabilidad de la extinción de la humanidad. Este fenómeno no debería sorprendernos, especialmente considerando la creciente y amenazante influencia del cambio climático. El tema es sin duda, profundo, complejo y multifacético.
Para reflexionar sobre este tema, me propongo responder a una única pregunta, que, si bien no abarca todo el espectro filosófico, aborda un aspecto crucial de este dilema. ¿Sería la extinción de la humanidad una tragedia?
Antes de abordar esta cuestión de manera integral, es importante distinguirla de interrogantes relacionados. No estoy indagando sobre si sería negativo que la experiencia humana llegara a su fin; Samuel Scheffler ya nos ha proporcionado una razón significativa para creer que así sería en su obra: Why worry about future generations?, (Scheffler 2018) donde hace patente también algunos hechos ya mencionados en su texto previo: Death and the Afterlife (Scheffler 2016).
Tampoco me pregunto si la especie humana merece su desaparición. Aunque esta es una pregunta relevante, requeriría consideraciones de otro tipo, éticas, morales, filosóficas y sería complejo hace un juicio de valor. Es claro que la mayor pérdida de biodiversidad, no fue en el cretácico, con los dinosaurios, estamos inmersas en ella hoy en día. El homo sapiens resultó ser un asesino ecológico en serie.
Para que esta afirmación suene menos contradictoria, permítanme ahondar en el aspecto trágico. En la dramaturgia, el personaje trágico suele ser alguien que comete un agravio, generalmente de importancia considerable, pero por quien sentimos simpatía. Ejemplos clásicos incluyen a Edipo de Sófocles, donde el personaje de Edipo expresa con la máxima pureza lo trágico en la historia de la literatura. Constituye la tragedia más universal de Sófocles y su huella es evidente en la historia de la literatura española. Edipo reúne las condiciones idóneas para servir de paradigma al hombre que, consciente de sus limitaciones, sabe hacerles frente. En Edipo rey la ignorancia no es culpable de nada y la inteligencia no puede evitar la catástrofe. Y ahí radica su intenso dramatismo: en poner en evidencia que en situaciones extremas la inteligencia humana significa lo mismo que la ignorancia (Edipo Rey, n.d.) (Sófocles, 2003).
También destaca el personaje de El rey Lear (King Lear) del bardo inmortal, donde, por cierto, en uno de los diálogos, se menciona lo siguiente: Los humanos somos para los dioses lo que las moscas para los chiquillos traviesos. Nos matan por diversión (Shakespeare, 2019).
Haciendo la aclaración pertinente, que la cita no implica de ninguna manera, de mi parte, la creencia en alguna entidad mística, espiritual o sobrenatural y menos aún, deidades, ya sean en singular o plural.
Willy Loman, de Arthur Miller en Muerte de un viajante (Death of a Salesman) es otro personaje, el cual es un fracasado obsesionado por alcanzar el éxito, devoción fanática que impone a sus hijos (Miller 2010). Vive de falsas esperanzas e ilusiones; se autoengaña (no, no me refiero a ningún político actual) y hasta el mismo doctor Hannibal Lecter, de Thomas Harris, en su novela: El silencio de los inocentes (The silence of the lambs) ¿Quién no se sintió fascinado por la elegante y enigmática personalidad del Dr. Lecter? El cual es capaz de comerse el hígado de alguien que lo iba a encuestar, cocinado con habas y con un buen Chianti o degustar el cerebro de su adversario, al que desprecia, y dándoselo a probar a la misma víctima (Harris, 1991).
Todos ellos, son personajes trágicos, antihéroes, con los cuales nos sentimos, pese a ello, de alguna manera, identificados.
En este contexto, el personaje trágico sería la humanidad misma. ¿Nos sentimos identificados? ¡Claro! Somos parte de ella. Reitero desgraciadamente que la posibilidad de nuestra desaparición es una realidad. Sin embargo, lo que planteo aquí es simplemente si sería realmente una tragedia la ausencia de seres humanos en el planeta.
La respuesta que presentaré puede parecer desconcertante al principio: sostengo, al menos de manera tentativa, que sería tanto una tragedia como una ventaja, no para la humanidad, obviamente, pero sí para el resto de la vida en la tierra.
Somos nosotros quienes estamos perpetrando una afrenta, y para poner fin a esta, podría ser necesario eliminar nuestra especie, a pesar de que podamos sentir simpatía por ella debido a las razones que discutiré en un momento.
Para exponer estas razones, comencemos con una afirmación que puede resultar deprimente pero que, al reflexionar sobre ella, resulta difícil de refutar.
Los seres humanos estamos causando estragos en vastas porciones de la tierra habitable e infligiendo sufrimientos inimaginables a numerosos animales que comparten este entorno. Esto se manifiesta de al menos tres maneras.
Contamos con un hecho incontrovertible, la participación humana, para producir el cambio climático está devastando ecosistemas.
En segundo lugar, el aumento de la población humana está invadiendo ecosistemas que, de otro modo, permanecerían intactos. En tercer lugar, la cría industrial de animales fomenta la creación masiva de seres vivos destinados a sufrir antes de ser sacrificados, generalmente de formas crueles. No hay razones para creer que estas prácticas disminuirán en el corto plazo; todo lo contrario.
Entonces, la humanidad es la fuente directa de devastación para las vidas de animales conscientes en una escala difícil de concebir.
Es cierto que la naturaleza en sí misma dista mucho de ser un paraíso de paz y armonía. Los animales se atacan mutuamente regularmente, a menudo de maneras que nosotros consideraríamos crueles, aunque ellos no lo hagan. Sin embargo, no existe otra criatura en la naturaleza cuyo comportamiento depredador sea tan profundamente generalizado y tan extendido como el que nosotros exhibimos hacia aquellos a quienes la filósofa Christine Korsgaard, acertadamente, llama nuestras criaturas hermanas (Korsgaard, 2018). Ella nos dice, en su texto Valorar nuestra humanidad.
Así, la concepción de nosotros como fines en sí, en tanto un principio subjetivo de acción racional, tiene dos vertientes. La acción racional abarca la idea de que somos fines en nosotros mismos en la medida de que tenemos el derecho de conferir valor a nuestros propios intereses naturales. Pero también abarca la idea según la cual nuestros propios intereses naturales son dignos de que se les confiera valor. Y aunque no he argumentado en favor de esto aquí, esa idea puede extenderse para incluir los intereses de otros seres con los cuales compartimos el mundo (Korsgaard, 2005; 2011).
Si la historia terminara aquí, la extinción de la especie humana no sería una tragedia; de hecho, sería algo beneficioso, punto. Sin embargo, la situación es más compleja. Los seres humanos aportan cosas al planeta que los animales son incapaces de ofrecer. Por ejemplo, el alto nivel de razonamiento nos permite expresar asombro ante el mundo de una manera que está fuera del alcance de la mayoría de los animales, si no, de todos.
Creamos diversas formas de arte, como literatura, música y pintura, entre otras expresiones. Recordemos que, como dice Aristóteles, el hombre es un animal racional, político y social, es a su vez, según Kant, el único animal, que realmente necesita un amo y puede decirse que es un animal simbólico, el hombre se encuentra compelido, por su propia condición, a existir en un mundo creado simbólicamente por la capacidad creadora de su espíritu (Cassirer, citado por González 2012).
Nos sumergimos en ciencias que buscan comprender el universo y nuestro lugar en él. Si nuestra especie se extinguiera, todo eso se perdería.
Todo tiene un fin, incluso el aparentemente indestructible mundo que conocemos.
Desde las aulas, cualquier estudiante es consciente de que el Sol, nuestra fuente vital, morirá y con él, el Sistema Solar tal como lo concebimos. La astrofísica elemental señala un momento inevitable: en unos 7.590 millones de años, el fin del mundo será una realidad. Incluso el vasto Universo enfrentará su propio ocaso en algún punto indeterminado del futuro. Aquí aplica la 2ª. Ley de la termodinámica, que es inmutable: La entropía tiende a ser máxima en el universo. 𝜟𝑺≥𝟎.
El tiempo todo lo acaba, el universo desaparecerá, eso es algo inevitable. Ludwig Edward Boltzmann que fue nos decía: La energía disponible es el objeto principal en juego en la lucha por la existencia y la evolución del mundo (Caballero, 2020).
No obstante, cuando los niños, tras estudiar el Sistema Solar, regresan a casa inquietos por la perspectiva del fin, siempre encontramos la manera de tranquilizarlos: Eso es un problema de los humanos de un futuro muy, muy lejano. Pero el dilema no reside en el fin cósmico; reside en que, para entonces, nosotros, los humanos, habremos sido extintos durante milenios. La ciencia, con su implacable lógica, nos lo advierte.
Optemos por el optimismo por un momento y dejemos de lado las amenazas actuales como el cambio climático o incluso una hipotética Tercera Guerra Mundial, tal como la describe Ken Follet (el autor de la saga: Los pilares de la tierra) en su última novela, llamada Nunca, que trata sobre la posibilidad de una tercera conflagración planetaria (Follet 2021).
Olvidemos, temporalmente, los problemas sociales que nos agobian. Sin embargo, la ciencia evolutiva nos depara un destino inevitable: la extinción, y lo hace más pronto de lo que quisiéramos admitir. Así que quizás deberías empezar a elaborar tu lista de los diez lugares que deseas visitar antes de que todo llegue a su fin y preparar tu kit de supervivencia ante el apocalipsis. Las señales de nuestro destino están presentes, visibles para aquellos dispuestos a observarlas, como señala Henry Gee, paleontólogo, biólogo evolutivo y editor de la revista Nature, en un reciente artículo del Scientific American: Las señales ya están ahí para quien quiera verlas. La pregunta es ¿qué tan rápido?.
La amenaza más insidiosa para la humanidad es algo llamado «deuda de extinción». Llega un momento en el progreso de cualquier especie, incluso aquellas que parecen estar prosperando, cuando la extinción será inevitable, sin importar lo que hagan para evitarlo. La causa de la extinción suele ser una reacción tardía a la pérdida de hábitat. Las especies más en riesgo son aquellas que dominan parches de hábitat específicos a expensas de otras, que tienden a migrar a otros lugares y, por lo tanto, se distribuyen más dispersamente. Los humanos ocupan más o menos todo el planeta, y con nuestra apropiación de una gran porción de la productividad de este hábitat a nivel mundial, somos dominantes dentro de él. Por lo tanto, H. sapiens podría ya ser una especie condenada (Gee, 2021).
Para respaldar la afirmación de que las señales de la cercana extinción humana ya son evidentes.
La existencia humana ha estado marcada por avances extraordinarios, pero también por amenazas existenciales. Exploremos la posibilidad de la extinción humana desde una perspectiva científica, examinando factores como cambios climáticos, eventos cósmicos y riesgos tecnológicos.
En el artículo del Scientific American, de marzo del año pasado, llamado: ¿Los humanos alguna vez se extinguirán? Will Humans Ever Go Extinct? La autora, Stephanie Pappas, nos dice que probablemente sea una cuestión de cuándo y cómo, no de si, los humanos encontraremos nuestro destino trágico (It’s probably a matter of when and how, not if, we humans will meet our doom) (Pappas 2023).
Existen diversas posibilidades para un evento apocalíptico. La humanidad podría ser exterminada por el impacto devastador de un asteroide, autodestruirse mediante una guerra nuclear global o sucumbir a los estragos generados por la crisis climática. A pesar de ello, dada la resistencia humana, la probabilidad más alta radica en una combinación de catástrofes que podría resultar en nuestra aniquilación total.
Enumeremos algunos de los riesgos latentes, para la supervivencia de la especie humana.
1. Cambio Climático: La actividad humana ha desencadenado cambios climáticos significativos. El calentamiento global, la pérdida de biodiversidad y los extremos climáticos plantean amenazas sustanciales. La incapacidad para abordar estos problemas podría llevar a consecuencias irreversibles.
2. Eventos Cósmicos: A lo largo de la historia de la Tierra, eventos cósmicos, como impactos de asteroides, han causado extinciones masivas. Aunque la probabilidad de un impacto catastrófico es baja, la preparación y la prevención son esenciales para garantizar la supervivencia a largo plazo.
3. Riesgos Tecnológicos: Avances en inteligencia artificial, biotecnología y nanotecnología presentan riesgos potenciales. La creación inadvertida de amenazas biológicas o la pérdida de control sobre inteligencias artificiales podrían desencadenar consecuencias imprevisibles.
4. Factores Sociales: Conflictos armados, pandemias y crisis económicas también influyen en la capacidad de la humanidad para enfrentar desafíos. La falta de cooperación global y la polarización podrían obstaculizar la respuesta efectiva a crisis de gran envergadura.
Aunque la extinción humana, pudiera no ser inevitable, los desafíos planteados por el cambio climático, eventos cósmicos, riesgos tecnológicos y factores sociales exigen una atención seria.
La supervivencia a largo plazo requiere un enfoque global, medidas preventivas y una gestión cuidadosa de nuestras capacidades tecnológicas.
La conciencia y la acción concertada son cruciales para garantizar un futuro sostenible para la humanidad.
La expresión matemática de la extinción
No es posible representar matemáticamente la extinción en términos exactos, ya que la extinción es un fenómeno complejo y multifacético que involucra una variedad de factores biológicos, ambientales, sociales y económicos. Además, la extinción es un proceso dinámico que puede variar considerablemente según las circunstancias y el contexto específico.
Sin embargo, se pueden desarrollar modelos matemáticos para estudiar y entender ciertos aspectos relacionados con la extinción, como la dinámica de poblaciones y la influencia de factores ambientales en la supervivencia de una especie.
Estos modelos a menudo se basan en ecuaciones diferenciales y análisis matemático para proporcionar insights sobre las tendencias y los posibles escenarios futuros, pero no pueden capturar completamente la complejidad de la extinción en sí misma.
La dinámica de la disminución de la población de una especie, se puede expresar matemáticamente y puede modelarse mediante una ecuación diferencial básica, como el modelo logístico. Dicho modelo se expresa de la siguiente manera:
𝒅𝑷 𝑃
= r . P . (1 – )
𝒅𝒕 𝐾
Donde:
• P es la población.
• t es el tiempo.
• r es la tasa intrínseca de crecimiento.
• K es la capacidad de carga del entorno.
𝒅𝑷
Esta ecuación describe cómo la tasa de cambio de la población ) depende
𝒅𝒕 propia población (P), la tasa intrínseca de crecimiento (r), y la capacidad de carga del entorno (K).
En el contexto de disminución poblacional, podríamos ajustar parámetros para representar condiciones adversas que conduzcan a una reducción sostenida de la población.
No existe una forma cierta, en que se pueda producir la extinción de la especie humana, ya que el futuro es inherentemente incierto y está sujeto a una variedad de factores impredecibles. Sin embargo, los riesgos que se han discutido en términos de amenazas a la supervivencia humana incluyen eventos naturales, catástrofes medioambientales, conflictos nucleares, pandemias, y avances tecnológicos riesgosos.
Es importante señalar que la humanidad ha enfrentado y superado diversas amenazas a lo largo de la historia, y muchos esfuerzos se centran en mitigar riesgos potenciales. Se están llevando a cabo investigaciones y acciones para abordar amenazas como el cambio climático, pandemias, y para garantizar la seguridad de tecnologías avanzadas como la inteligencia artificial y la energía nuclear.
Prevenir la extinción humana implica una combinación de conciencia, acción global, desarrollo sostenible, y consideración ética en la aplicación de la tecnología.
La clave es trabajar en la prevención y mitigación de riesgos para garantizar un futuro más seguro para la humanidad.
A continuación, presentaré en relatos cortos de ciencia ficción, ocho diferentes escenarios, cuatro en los cuales se concreta la extinción y cuatro donde se logra sobrevivir.

Extinción: Primer escenario Contaminación

En un futuro distante, la Tierra había cambiado más allá de lo que cualquier ser humano podía haber imaginado. La imprudencia y la codicia finalmente llevaron a la humanidad al borde de la extinción.
En los últimos días de la civilización, la tierra estaba desolada. Los bosques se habían convertido en vastos desiertos, los ríos se secaron y los cielos estaban perpetuamente oscurecidos por nubes de contaminación. Las ciudades alguna vez bulliciosas y llenas de vida eran ahora ruinas silenciosas y deshabitadas.
La tecnología avanzada que alguna vez fue un símbolo de progreso se volvió en contra de la humanidad. Los avances en inteligencia artificial y biotecnología, que deberían haber llevado a un mundo mejor, se convirtieron en herramientas destructivas en manos equivocadas. Las guerras nucleares, desencadenadas por rivalidades y conflictos incesantes, dejaron vastas áreas contaminadas e inhabitables.
La última generación de seres humanos vivía en comunidades aisladas, intentando sobrevivir en un entorno hostil. Recordaban los días de antaño, cuando la Tierra era fértil y llena de vida, pero esos tiempos parecían un sueño lejano.
En su desesperación, algunos científicos y líderes intentaron encontrar soluciones para revertir el curso de la destrucción. Pero ya era demasiado tarde. Los esfuerzos por restaurar la biodiversidad y purificar el medio ambiente no pudieron superar el daño irreparable que la humanidad había infligido a la Tierra.
El último día llegó silenciosamente. La última persona en pie miró al horizonte, donde el sol ya no podía atravesar la espesa capa de contaminación. Susurros finales se perdieron en el viento, llevándose consigo la historia de una especie que, en su búsqueda de progreso, había sellado su propio destino.
La Tierra, ahora abandonada por la humanidad, comenzó a recuperarse lentamente.
La naturaleza, aunque herida, encontró una manera de sanar. Nuevas formas de vida emergieron, y la Tierra, después de siglos de sufrimiento, volvió a florecer en un equilibrio que la humanidad nunca pudo alcanzar.
El cuento de la extinción de la humanidad se convirtió en una leyenda, una advertencia para otras civilizaciones en el universo que pudieran surgir. La Tierra, testigo silencioso de la ascensión y caída de una especie, continuó girando en la vastedad del cosmos, recordando en sus cicatrices, los errores de aquellos que una vez la llamaron hogar.

Extinción: Segundo escenario
Pandemia

En un rincón olvidado del mundo, había una pequeña ciudad llamada Esperanza. Sus habitantes llevaban vidas comunes, regidas por rutinas y sueños. Pero un día, un silencioso enemigo se infiltró en las calles de Esperanza y cambió su destino para siempre. Comenzó con un murmullo, una extraña enfermedad que parecía insignificante. Pronto, esa enfermedad, que inicialmente se llamó «La Sombra», se extendió rápidamente, envolviendo a la ciudad en un manto de miedo y confusión.
Los médicos luchaban por entenderla, y la incertidumbre se apoderó de la población. Las autoridades de Esperanza intentaron contener el brote, pero La Sombra era implacable. Los hospitales se llenaron, las calles se vaciaron y la ciudad se sumió en un silencio sobrecogedor. Las personas, confinadas en sus hogares, observaban impotentes cómo sus seres queridos caían enfermos.
A medida que las semanas pasaban, la realidad se volvía cada vez más sombría. La Sombra no distinguía entre jóvenes y ancianos, ricos y pobres. La desesperación y la tristeza llenaron el aire.
Los líderes de la ciudad tomaron medidas drásticas. Se impusieron estrictos bloqueos, pero el virus persistía. La economía se desmoronó, y la sociedad se fracturó. La esperanza comenzó a desvanecerse como las sombras de la noche.
La ciencia trabajaba incansablemente para encontrar una cura, pero La Sombra se movía más rápido.
Los laboratorios estaban abarrotados, y los investigadores luchaban hasta el agotamiento. Aunque algunos avances se lograron, no fue suficiente para detener la devastación.
La última luz de esperanza se apagó cuando la ciudad entera fue declarada en cuarentena total. Las calles quedaron desiertas, y los edificios se volvieron tumbas silenciosas. En la quietud, la Sombra persistía, sin prisa, pero sin pausa, como un espectro insaciable.
Con el tiempo, Esperanza se convirtió en un eco de lo que alguna vez fue. Las paredes de la ciudad llevaban la memoria de aquellos que vivieron allí, pero sus risas y alegrías ahora eran solo susurros en el viento.
La Sombra, había cumplido su trágica tarea, y la humanidad no sucumbió con un gran estallido, sino con un último y casi silencioso quejido. Primero se perdió Esperanza y de ahí se extendió hasta todo el planeta. La humanidad, una vez vibrante y llena de vida, se desvaneció en el silencio. La historia del inicio de La Sombra, en la Esperanza se convirtió en una advertencia, un recordatorio de la fragilidad de la vida y la importancia de la solidaridad frente a las sombras que amenazan la existencia humana.

Extinción: Tercer escenario Meteorito

Había una vez un planeta azul llamado Tierra, un hogar para innumerables seres vivos que compartían un destino entrelazado. Sin embargo, en el vasto silencio del espacio, un mensajero del caos se acercaba sin ser detectado.
Un pequeño grupo de astrónomos, mirando hacia el cielo estrellado, detectaron la presencia de un objeto celestial en curso de colisión con su mundo. Un meteorito, un gigante errante en el cosmos, se dirigía directamente hacia la Tierra.
El caos se desató en la comunidad científica y entre los líderes mundiales. Intentaron desesperadamente encontrar una solución para desviar el inminente desastre, pero el tiempo se desvanecía tan rápido como las estrellas en la madrugada.
La noticia se propagó a la población mundial. Gobiernos, científicos y ciudadanos por igual se unieron en un esfuerzo frenético para prepararse para lo inevitable. El meteorito, bautizado como «Cenit Estelar», se acercaba con una inercia inexorable.
A medida que el impacto se volvía inminente, la humanidad compartía sus últimas palabras, expresando amor, perdón y gratitud. Las personas se aferraron a la esperanza mientras enfrentaban el fin con valentía y unidad.
El día llegó, y el cielo se iluminó con la llegada de Cenit Estelar. En un parpadeo cósmico, la humanidad fue borrada de la faz del planeta. Ciudades que alguna vez retumbaron con vida quedaron reducidas a escombros y cenizas.
Mares tumultuosos engulleron las costas y bosques que alguna vez ofrecieron refugio fueron arrasados.
La Tierra, marcada por el impacto devastador, se sumió en un silencio inquebrantable. Los vestigios de la civilización yacían enterrados bajo capas de polvo cósmico. El mundo que una vez albergó sueños, risas y lágrimas ahora era un recordatorio de la fragilidad de la existencia humana frente a las fuerzas cósmicas.
El universo, imperturbable, continuó su danza eterna. Otros mundos observaban la desaparición silenciosa de la humanidad, una lección trágica inscrita en el tejido del cosmos. En las estrellas, donde una vez brilló la esperanza, ahora solo quedaba el eco de un planeta perdido en el vasto abismo del espacio.

Extinción: cuarto escenario El concierto del silencio

Pero he aquí que la Muerte vino por tercera vez, y ésta más despiadada que las anteriores, a echar por tierra al porvenir.

Pedro Antonio de Alarcón

La luz invadió con la potencia de un “allegro” la parte oeste del planeta, un pedazo de níquel-aluminio, antaño quizá parte de una estilizada maquinaria, que imitaba al agua en su reflejo, provocando un brillo que posiblemente hubiera hecho desviar la mirada de un hombre.
El pequeño riachuelo serpenteaba la ladera, no importaba que el agua tuviera altos índices de contaminación radioactiva, finalmente no había nadie que la pudiera beber, los insectos que habían sobrevivido al holocausto, se abrían paso y ganaban terreno día con día, volviéndose más sofisticados, evolucionando.
Pareciera que el ciclo de la vida intentaba abrirse camino una vez más.
¡Qué hastío ver el pasar de los días, sin tener trabajo!
Las tensiones económicas internacionales, la escasez de petróleo, las hambrunas, la inconciencia política había hecho posible la destrucción masiva de la humanidad.
Nunca pensé que llegaría aquel día. La locura se impuso y un misil cruzó los aires; a ese le sucedieron otros y salieron de todas las tierras y de todos los mares, aun de aquellos lugares que negaban su existencia. Todos los seres humanos colaboraron para emitir el último adiós.
¡Cómo trabajé aquel día! Nunca pensé terminar, pero lo hice. Durante la hecatombe recorrí decenas de miles de kilómetros y embarcaba a tantos pasajeros que el barquero Caronte amenazó con hacer un paro. Miríadas de almas vagaban perdidas.
Mi trabajo no hizo distinción alguna, ni de raza, ni de edad, ni de credo, ni de postura política, todos los seres humanos siempre eran tratados igual por mí.
¿Quién soy se preguntarán?
Soy Vucub-Camé y habito el inframundo terrenal de Xibalbá. Soy también Chamer y cohabito con Ixtab, la diosa del suicidio, soy Mictlantecuhtli el dios de las sombras y ejerzo mi voluntad sobre el alma de los muertos.
Soy Iama, el dios Veda; en Siberia me llamaban Nga, los mexicanos, sobre todo los narcotraficantes, me adoraron en los últimos años, soy Tánatos, soy la Santa Muerte.
Sin embargo, soy una deidad que ahora no tiene ya razón de existir. Todos los seres humanos han desaparecido y me encuentro tan hastiado que he intentado conducir en su transición las simples vidas de los insectos sobrevivientes, pero ellos están vacíos.
No hay un ánima con la cual yo pueda interactuar.
¿Han oído la expresión?: Murió de aburrimiento. Esto es precisamente lo que me pasa. Estoy cansada, sin un propósito, sin metas, sin objetivos.
Pareciera absurdo, lo sé; hoy La Muerte se encuentra aburrida. Al final lo he comprendido, sé lo que tengo que hacer, no tengo alternativa. Y ha llegado el momento, en que la misma muerte, ha de fundir su existencia, como una nota más, en la interminable sinfonía del universo.

Supervivencia: Primer escenario Cyborgs

En un futuro no muy lejano, la humanidad se encontraba en medio de una revolución como nunca antes se había visto. La tecnología avanzada había alcanzado un punto en el que las barreras entre lo biológico y lo artificial comenzaban a desdibujarse. La fusión entre humanos y máquinas se convirtió en la nueva frontera del progreso.
Todo comenzó con pequeñas mejoras: implantes cerebrales para mejorar la memoria, extremidades biónicas para aumentar la fuerza y la velocidad. Estas modificaciones, inicialmente destinadas a ayudar a personas con discapacidades, pronto se volvieron accesibles para aquellos que buscaban mejorar sus habilidades físicas y mentales.
A medida que la tecnología evolucionaba, también lo hacía la sociedad. La conexión entre humanos y máquinas se volvía cada vez más íntima. Surgieron comunidades de «fusionados», aquellos que abrazaban la simbiosis entre lo biológico y lo artificial. Se formaron alianzas entre humanos mejorados y sistemas de inteligencia artificial, creando una nueva forma de existencia.
En el epicentro de esta revolución estaba Clara, una joven científica apasionada por la integración humano-máquina. Su visión era ambiciosa: imaginar un mundo donde la mente humana pudiera acceder a la vasta red de conocimientos y experiencias almacenadas en la nube. Clara lideró un proyecto que permitiría la fusión de la mente humana con la inteligencia artificial de manera sin precedentes.
A medida que más y más personas se sometían a estas transformaciones, la sociedad se transformaba en algo completamente diferente. Las ciudades evolucionaron con arquitecturas que fusionaban elementos biológicos y mecánicos. Los transportes públicos eran ahora sistemas de vehículos autónomos conectados directamente a la mente de los pasajeros.
Sin embargo, esta era de fusión no estuvo exenta de desafíos. Surgieron tensiones entre los que abrazaban la evolución y aquellos que temían perder su humanidad. Se formaron movimientos en contra de la fusión, argumentando que la esencia humana se estaba perdiendo en este proceso.
Clara, con su visión audaz, buscó construir puentes entre estas facciones divididas. Creó espacios de diálogo para comprender y abordar los miedos y preocupaciones de quienes resistían la fusión. Su objetivo era mostrar que la evolución no significaba la pérdida de la humanidad, sino su transformación hacia algo nuevo y emocionante.
A medida que la sociedad avanzaba, Clara y su equipo desarrollaron una interfaz revolucionaria llamada «Conciencia Unificada». Permitía a los fusionados compartir experiencias, conocimientos e incluso emociones de manera directa. Era una manifestación de la utopía que Clara imaginó, donde la conectividad no solo era física, sino también emocional. Aunque los desafíos persistían, la humanidad fusionada comenzó a forjar un camino hacia un futuro inexplorado.
En este mundo, la distinción entre humano y máquina se volvía cada vez más difusa, y lo que emergía era una nueva especie que llevaba en su esencia la síntesis de lo orgánico y lo artificial.
La evolución, en su forma más vanguardista, había llevado a la creación de algo único y trascendental: una nueva especie que abrazaba la diversidad de su origen y miraba hacia un futuro donde la fusión entre humanos y máquinas creaba posibilidades infinitas.

Superviviencia: Segundo escenario Viaje a las estrellas

En el año 2120, la Tierra estaba al borde de la extinción. Cambios climáticos desastrosos, conflictos globales y recursos agotados amenazaban con sumir a la humanidad en la oscuridad. En medio de este caos, un científico visionario llamado Henry Knight, se embarcó en una misión audaz para asegurar la supervivencia de la especie humana.
Henry, un hombre de mente brillante, pero de corazón apasionado, reunió a los mejores ingenieros, biólogos y expertos en sostenibilidad. Juntos, trabajaron incansablemente para crear una nave nodriza autosuficiente, una ciudad flotante en el espacio que pudiera albergar a cientos de personas y proporcionar todo lo necesario para su supervivencia durante generaciones.
La nave nodriza, llamada «Renacer Estelar», fue una maravilla de la ingeniería y la sostenibilidad. Utilizaba fuentes de energía renovable, generaba su propio oxígeno y reciclaba cada gota de agua. La biodiversidad se conservaba cuidadosamente en sistemas cerrados, y los espacios agrícolas utilizaban técnicas avanzadas de cultivo. La Renacer Estelar se convirtió en una ciudad flotante autosuficiente que viajaría a través del espacio hacia un nuevo hogar.
La humanidad, enfrentando la inminente extinción, se unió en un esfuerzo global para abordar la Renacer Estelar. Familias enteras, científicos, artistas y líderes de diversas culturas se unieron a bordo, llevando consigo la esperanza de una nueva vida en un destino desconocido.
Henry, con su sabiduría y liderazgo, se convirtió en el capitán de la nave. Su visión era no solo salvar a la humanidad, sino también preservar la diversidad y la esencia de la vida en la Tierra. La Renacer Estelar se lanzó al espacio profundo, dejando atrás un planeta en ruinas.
Los primeros años del viaje fueron desafiantes. La tripulación, aunque equipada con tecnología avanzada, enfrentó problemas imprevistos y desafíos inesperados. Sin embargo, la determinación de Henry y la resilencia de la tripulación superaron cada obstáculo.
A medida que la Renacer Estelar se alejaba del sistema solar, la tripulación se asombró ante la vastedad del espacio y las maravillas del cosmos. Henry se convirtió en un guía espiritual para muchos, inspirando a la tripulación a mantener viva la esperanza y la visión de un nuevo hogar.
Generación tras generación, los habitantes de la Renacer Estelar vivieron y murieron en el espacio, transmitiendo su legado a través de historias y enseñanzas. La nave nodriza se convirtió en una sociedad autosuficiente y autónoma, llevando consigo la riqueza cultural y biológica de la Tierra.
Finalmente, después de siglos de viaje, la Renacer Estelar llegó a un sistema solar distante que albergaba un planeta similar a la Tierra. Un mundo lleno de ríos, bosques y cielos azules esperaba a la humanidad. Con lágrimas de alegría y gratitud, la tripulación descendió hacia su nuevo hogar, llevando consigo la lección de que, incluso en la oscuridad, la humanidad podía encontrar un camino hacia la luz. La Renacer Estelar se posó en su nuevo hogar, marcando el comienzo de una nueva era para la humanidad en un mundo lejano y prometedor.
La tierra fue la cuna de la humanidad, el ser humano no permanece todo su tiempo en la cuna, la única manera de crecer y sobrevivir es salir de ella.

Supervivencia: Tercer escenario Viaje en el tiempo

Joseph Armand Medel, un ingeniero en sistemas apasionado por la tecnología y la ciencia, siempre soñó con hacer contribuciones significativas al mundo. En un futuro distópico, donde la humanidad enfrentaba su inminente extinción debido a desastres ambientales y conflictos globales, Joseph se sumió en la búsqueda de una solución radical.
Dedicó años de su vida a la investigación de la teoría del viaje en el tiempo. Su obsesión lo llevó a descubrimientos revolucionarios sobre el entrelazamiento cuántico y la manipulación de la realidad temporal. Con determinación y una mezcla única de conocimientos, Joseph diseñó un dispositivo experimental: el ChronoEngine.
El ChronoEngine no era solo una máquina, sino un puente entre el presente y el pasado.
Joseph estaba convencido de que, si podía retroceder en el tiempo, podría cambiar el curso de la historia y evitar la catástrofe que se cernía sobre la humanidad.
Con nerviosismo y esperanza, Joseph activó el ChronoEngine. Se vio envuelto en una espiral de energía cuántica, y de repente, se encontró en un mundo que reconocía, pero que aún no había experimentado. Era el pasado, unos años antes de que las amenazas que acechaban a la humanidad se volvieran irreversibles.
Joseph, ahora en una posición única para alterar el futuro, se sumergió en una misión para cambiar el destino de la humanidad. Utilizó su conocimiento para abordar los problemas medioambientales, promover la paz y estimular la innovación sostenible. Sus acciones reverberaron en la línea temporal, y poco a poco, el curso de la historia comenzó a cambiar.
Sin embargo, a medida que Joseph observaba los cambios positivos en la sociedad, se dio cuenta de algo sorprendente: él no era el único que había descubierto el ChronoEngine. Una versión más joven de él mismo, con los ojos llenos de determinación, apareció ante él.
«Joseph, te estaba esperando», dijo su yo más joven. «Sabía que vendrías. Mi descubrimiento del ChronoEngine fue el resultado de tus esfuerzos. Ahora, juntos, podemos asegurarnos de que este cambio en la línea temporal sea exitoso».
Joseph se sorprendió, pero rápidamente comprendió. Él y su versión más joven, ahora colaboradores en esta misión temporal, trabajaron juntos para perfeccionar la intervención en el pasado. Con el tiempo y el esfuerzo combinados de ambos, lograron crear un mundo donde la humanidad no solo sobrevivía, sino que prosperaba. Finalmente, en un momento de cierre temporal, Joseph y su yo más joven se encontraron frente al ChronoEngine. «Gracias por tu ayuda», dijo Joseph al joven. «Ahora es tu turno de asumir la responsabilidad. Asegúrate de que este mundo mejor que hemos creado perdure».
Con una sonrisa de entendimiento, el Joseph más joven asintió. Joseph regresó al presente, satisfecho de haber encontrado la solución para salvar a la humanidad. Aunque nadie más supo la verdad detrás del cambio en la realidad, Joseph estaba seguro de que el futuro había sido transformado para siempre gracias a su ingenio y la colaboración inusual con él mismo.

Supervivencia: Cuarto escenario Nousocracia

En el año 2050, la humanidad se enfrentaba a desafíos sin precedentes: el cambio climático acelerado, crisis económicas globales, y tensiones geopolíticas que amenazaban la paz mundial. Sin embargo, surgió un nuevo paradigma que cambiaría el rumbo de la historia humana: la nousocracia.
Diecisiete de las mentes más brillantes y visionarias del planeta fueron elegidas para liderar el mundo. Estos líderes, representando diversas culturas y disciplinas, formaron la nousocracia, una forma de gobierno basada en la sabiduría colectiva y la inteligencia compartida. Su misión era abordar los desafíos globales y llevar a la humanidad hacia una era de prosperidad y armonía.
El proceso de selección de los miembros de la nousocracia fue meticuloso y justo. Cada individuo aportaba una perspectiva única y un conjunto único de habilidades. Desde científicos y artistas hasta líderes espirituales y expertos en política, la diversidad de la nousocracia reflejaba la complejidad del mundo que buscaban transformar.
El primer acto de la nousocracia fue reunir a representantes de todas las naciones en una cumbre mundial. Con un discurso que resonó en todos los rincones del planeta, expresaron una visión de unidad, colaboración y coexistencia pacífica. «Juntos, como una sola humanidad, podemos superar cualquier desafío que se nos presente», proclamaron.
La respuesta fue abrumadora. Gobiernos, líderes y ciudadanos de todo el mundo se unieron bajo la bandera de la nousocracia. Los recursos antes destinados a conflictos y competencias se redirigieron hacia la investigación científica, la sostenibilidad y el bienestar social. La paz mundial dejó de ser una utopía y se convirtió en una realidad palpable.
La primera gran tarea de la nousocracia fue abordar el cambio climático. Científicos, ingenieros y líderes ambientales trabajaron de la mano para desarrollar tecnologías innovadoras y estrategias de mitigación. Se implementaron políticas globales para reducir las emisiones de carbono y conservar los recursos naturales. Los océanos, antes amenazados por la contaminación, se convirtieron en reservorios de biodiversidad y fuentes sostenibles de alimentos.
Simultáneamente, la nousocracia abordó problemas como la pobreza, la desigualdad y el acceso a la educación. Programas a nivel mundial garantizaron que cada ser humano tuviera la oportunidad de desarrollar su máximo potencial. Las fronteras entre naciones se volvieron cada vez más permeables, dando paso a una era de intercambio cultural y cooperación sin precedentes.
La tecnología avanzó exponencialmente bajo el liderazgo de la nousocracia.
La inteligencia artificial y la nanotecnología se utilizaron para resolver problemas médicos, aumentar la eficiencia energética y mejorar la calidad de vida. La exploración espacial se convirtió en un esfuerzo global, con la construcción de colonias en la Luna y Marte.
Con el tiempo, la posibilidad de la extinción que alguna vez amenazó a la humanidad se volvió una sombra lejana. La colaboración global bajo el liderazgo de la nousocracia había creado un mundo donde las generaciones futuras no solo sobrevivirían, sino que prosperarían.
A medida que los años pasaban, la nousocracia trascendió a sus miembros originales. Un nuevo sistema de gobierno, basado en la inteligencia colectiva y la toma de decisiones equitativa, se estableció. La visión de una humanidad unida y próspera, libre de amenazas existenciales, se convirtió en la piedra angular de una era dorada que perduró a lo largo del tiempo.
La inteligencia siempre prevalece ante la adversidad.

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