Punto de Vista /Enrique Caballero Peraza /Los Estragos del Huracàn

*Punto de Vista*
Enrique Caballero Peraza
*Los estragos del huracán*

_Podemos desafiar las leyes humanas, pero no podemos resistir a las naturales._

Julio Verne (Escritor francés 1828 – 1905).

En la vastedad del océano, donde la ira de los vientos y las lágrimas del cielo se entrelazan, nace la tragedia que transforma la cotidianidad en un torbellino de desesperación y pérdida.

El huracán Otis, ese gigante natural que llegó a nuestro Acapulco, danzando con el viento y la furia, fue el villano que ha intentado doblegar y poner de rodillas a los seres humanos que fuimos víctimas de sus estragos. Los mudos escombros, son los testigos silenciosos de la tenacidad y la férrea voluntad de los ciudadanos que, a pesar de la desolación, sobreponiéndose a las pérdidas, encontramos la fuerza para reconstruir nuestros hogares y nuestras vidas.

Hace más de quince días, la fuerza del viento entró a la bahía de Acapulco con una velocidad sostenida superior a los 270 kilómetros por hora, pero con ráfagas de hasta 329 kilómetros por hora. Eso fue suficiente, para la devastación que hoy vemos, azorados, incrédulos aún, en lo que antes era un puerto turístico, con infraestructura hotelera, vieja, ciertamente, pero funcional.

Hoy nos encontramos con el hecho de que hospitales, universidades, hoteles, condominios, fueron destruidos completamente, no hablemos de miles de viviendas precarias que desaparecieron por completo. La vegetación, también fue arrastrada por los iracundos vientos. Lo que antes era verde, hoy es un terreno desértico, yermo, donde el color ocre y terracota, resaltan donde antes se dibujaban los diferentes tonos de verde.

Los daños sufridos en mi patrimonio, es algo fútil. Los daños provocados a la infraestructura del puerto, son inconmensurables, se calcula un costo de hasta 16,000 millones de dólares para lograr una reconstrucción parcial.

Los optimistas nos hablan de que tendremos ocupación hotelera para este fin de año. Los más serios, hablan de reinauguraciones de hoteles, hasta diciembre de 2026. Una labor de tres años.

¿Por qué me tomó más de quince días escribir sobre el tema? Creo que en ocasiones es necesario madurar los hechos. Antes de salir a bote pronto y emitir un juicio, un comentario, es importante hacer un análisis reposado sobre lo que ha sucedido y lo más importante, sobre lo que sucederá, el esfuerzo organizado para reconstruir. Además, obviamente, no tenía luz.

El día del evento, tenía una invitación para una comida a las cuatro de la tarde en casa de mi hijo menor, la incipiente amenaza de lluvia y el aviso de que impactaría, como un huracán clase cinco, nos hizo a mi hija y a mí, cancelarle, hubiéramos terminado tal vez a las seis o siete y la cita era en el centro de la ciudad, conociendo los niveles de inundación de la Avenida Costera Miguel Alemán, preferimos posponer. Una pena, tal vez esa reunión ya no se pueda llevar a cabo nunca, al menos no en las condiciones en que estaba planeada.

Ese martes 24, sería la primera celebración de mi cumpleaños, la segunda sería el jueves 26 en el pozole, con mis amigos cercanos y algunos de mis alumnos, el viernes 27, cuando es efectivamente mi cumpleaños, estaba programada una comida organizada por mi suegra y mi pareja, en casa de unos queridos amigos. Es claro que todo fue cancelado.

Salimos cerca de nuestra área, alrededor de las ocho de la noche, a comprar alimentos, desgraciadamente no cargué gasolina, mis recursos eran limitados, estaba esperando el pago de la Universidad donde laboro y ese pago lo recibiría hasta el día 26, huelga decir que no lo recibí, hasta que se restablecieron sistemas bancarios, eso fue el día primero.

Veíamos una serie, resguardados en mi habitación, cuando escuchamos el sonido del transformador fundiéndose y nos quedamos de inmediato sin energía eléctrica, era todavía 24 de octubre, serían los 11.35 p.m. aproximadamente, fuimos de los afortunados, solamente pasaron trece días, antes de que el servicio fuera restablecido.

Nos congregamos en el área del comedor, a la luz de las velas, el temor se apoderó de alguno de los más jóvenes, recuerdo haberme puesto a leer al azar, uno de mis cuentos a la luz de las velas, huelga decir que nadie me puso atención.
Intenté dormir, pero preferimos guarecernos en un área más segura, los ventanales que están sobre mi cabecera, con un vidrio de tan solo tres milímetros, parecían presa fácil, para la fuerza del viento. No nos equivocamos, con una explosión, cedieron ante el ímpetu de Tláloc, o de Chaac, Cocijo, Dzahui o Tajín, cinco nombres diferentes en náhuatl, maya, zapoteco, mixteco o totonaca, que representaban en las culturas prehispánicas, al dios de la lluvia.

Al romperse, el huracán entró sin invitación alguna a nuestro hogar, su intensidad, hizo añicos dos de las sillas de mi comedor, que ahora está limitado a recibir solamente un comensal más, ya que, de entrada, frecuentemente en casa, somos tres. La sala, muy pesada, se mantuvo incólume. Una laptop, Core i5, se averió al mojarse la tarjeta madre, solamente pudimos rescatar el disco duro y la consecuente información. Hoy puedo decirles que nuestro refrigerador no funciona, lo cual lleva implícita una buena noticia, ya tenemos energía eléctrica.

Al día siguiente, comprobamos consternados, la vorágine destructiva del viento. Acapulco, estaba destruido, devastado, construcciones enteras desnudas, condominios, universidades, hospitales, casas, y no se diga hoteles, habían sido severamente afectados.
Las calles parecían un set de una película post apocalíptica, la vegetación derrumbada en ambos sentidos, reducía la Costera Miguel Alemán a un solo carril.
Cuando empezó el viento fuerte, el martes 24 de octubre a las 11.35 p.m. aproximadamente, tengo entendido que, previniendo desastres aún mayores, hubo un corte general de energía eléctrica, realizado de manera estratégica, en toda la ciudad.

El viento después, implacable, arrasó con postes y cables, la ciudad se sumió en una oscuridad total, de la cual apenas empieza a salir.

Teóricamente, después de la tormenta viene la calma, en Acapulco no fue así, después del huracán, empezó el saqueo, todas y cada una de las tiendas de autoservicio fueron vandalizadas, no solamente hubo robo de alimentos, volaron refrigeradores, pantallas, playstation 5, y otras consolas de juegos, bueno, hasta peluches, plantas y libros, todo fue engullido por un apetito insaciable de una turba enardecida y demencial.

Lo que no se percataron es que esa rapiña estaba destruyendo la cadena de distribución e iba a ser el antecedente de la escasez y la especulación.

El comportamiento salvaje e irracional, era la autoinmolación de los saqueadores, hoy hay a la venta en grupos de facebook, refrigeradores a tres mil pesos, claro que carentes de factura.

Podría llegar a entenderse que, ante el miedo a lo desconocido, se hubieran dado saqueos de pánico, de agua y alimentos, pero no, esto fue mucho más allá, heridos de muerte ante las fuerzas de la naturaleza, la bestia humana en la que se convierte la masa, daba un último coletazo, tratando de obtener una ventaja ante la tragedia.

Los saqueadores no fueron solamente de Acapulco, vi pasar enfrente de mi casa una larga fila de hombres con mochilas nuevas a la espalda, que se veían llenas, y galones de agua en cada brazo, que definitivamente no eran locales. Hubo quien intentó regresar a sus lugares de origen, en camiones foráneos, cargando sus pantallas planas, se encontraron con la autoridad que les solicitó sus respectivas facturas, bien merecido.

El saqueo duró más de tres días. ¿El ejército? ¿La guardia nacional? ¿La Armada de México? Tenían instrucciones expresas de permitir el saqueo, de parte del comandante Supremo de las Fuerzas Armadas, no sé si fue irresponsabilidad o un maquiavélico plan para poner a Acapulco de rodillas.

Tres días después del evento, ya que la Armada de México tenía acto de presencia, surtiendo de agua potable en la glorieta de la iglesia de Costa Azul, grupos de vándalos intentaban abrir la cortina metálica de una farmacia que se encuentra en la misma rotonda, los marinos no movieron un dedo, para impedirlo, mantener la paz y salvaguardar la integridad de locales comerciales, no era su función, así nos lo hicieron saber. Quienes estábamos esperando el agua fuimos quienes actuamos, a gritos y pedradas, emprendimos contra el pequeño grupo de saqueadores, que sorprendidos se dieron a la fuga. A kilómetros de distancia, otra farmacia era defendida, pistola en mano, por un amigo cercano, Guido Rentería. Eso permitió posteriormente contar con lugares donde se podía comprar medicamentos y material de curación.

Aquí aplica perfectamente la teoría de las ventanas rotas, de Wilson & Kelling. La teoría de las ventanas rotas, propuesta por James Q. Wilson y George L. Kelling, es una perspectiva criminológica que destaca la importancia de abordar de manera inmediata y efectiva el vandalismo y los pequeños delitos para prevenir la escalada hacia crímenes más graves. La teoría se ilustra con la metáfora de una ventana rota en un edificio abandonado. Si esa ventana rota no se repara rápidamente, la tendencia es que se rompan más ventanas y se perpetúe un ambiente de desorden y descuido, lo que puede fomentar comportamientos delictivos. Así, la teoría de las ventanas rotas aboga por abordar y corregir los problemas menores de manera pronta para evitar la proliferación de la delincuencia y mantener un entorno urbano seguro y ordenado. Otro ejemplo sería que un auto nuevo, puede dejarse estacionado en un barrio pobre y si el auto está impecable, no sufrirá daño, pero si es dejado ahí, y al abandonarlo se le rompe una ventana, será de inmediato saqueado y vandalizado. Los vidrios de los Oxxos, estaban rotos por el paso del huracán, así también muchas tiendas comerciales.

Pasaron 24 horas y no escuchábamos volar un solo helicóptero sobre la ciudad, salimos y recorrimos las calles, muchas personas caminaban sin rumbo y quienes conducían lo hacían de forma lerda, como en estupor, tratando de digerir lo acontecido.

Ya que pudimos quitar hojas, ramas, lodo y logré mover mi auto, me dirigí a la casa de mi hija, estaba bien, en compañía de mi nieto y de su pareja.

Tuvimos agua por un par de días, en lo que se vaciaron los tinacos. Después, ocupamos el agua de lluvia, que corría en pequeñas cascadas en el interior de la propiedad, para tener agua para nuestros servicios y para bañarnos. El agua potable se acabó antes. Usé mis reservas de Perrier y de agua Vichi, estuve a punto de tomar agua quina.

El jueves empezó el reparto de agua por la Secretaría de Marina, las filas fueron interminables, las personas esperaron hasta más de cuatro horas haciendo fila en la planta potabilizadora portátil, el primer día no tuvimos oportunidad de abastecernos, llegó una pipa, pero llegó vacía, más de medio centenar de personas, se retiraron frustrados, con sus garrafones en la mano, al día siguiente pudimos llenarlos ahí mismo.

Ya desde ese día, escuchamos algunos helicópteros sobrevolar la zona. No había donde comprar alimentos, ni agua, tus ahorros en los bancos eran inservibles, no había sistema para obtener efectivo. Yo contaba con una cantidad en efectivo, para un pago que iba a realizar al día siguiente.

El sábado empezaron a surtir gasolina, llené el tanque y salimos rumbo a Ometepec. Antes había hablado, el viernes, justo en mi cumpleaños, con un amigo cercano, el diputado Rafael Navarrete, cuya esposa, Alicia, cumple años exactamente el mismo día que yo, ellos me ofrecieron hospedaje en su hotel y alimentación en su casa, ahí se encontraban sus dos hijos menores, hacía allá nos dirigimos, tenía apenas el dinero suficiente para llegar.

Para nosotros, fue como salir de una pesadilla, al llegar a San Marcos, el municipio más cercano y encontrar un Oxxo abierto y funcionando, dado que ahí, no se había dado el saqueo. Sentimos que respiramos civilización.

Antes de eso, mis cuñadas habían ido a nuestra casa a buscarnos, toda la familia estaba bien, habían sufrido inundaciones y pérdidas materiales, pero se encontraban en buenas condiciones, en lo que cabe.

Cuando salimos rumbo a la Costa Chica, pasé a ver a mi hija y de ahí nos quedaba de camino pasar a ver a mi suegra.
Nunca pude ver a mi hijo, dado que no tenía su dirección, antes me había enviado su ubicación por whatsapp, para llegar a la comida (la inauguración de su nueva casa) pero sin señal, era inútil.

Tampoco podía consultar saldo en mi cuenta bancaria.
Llegamos a Ometepec el domingo 29 de octubre, pude constatar finalmente que no había recibido el depósito de la Universidad donde laboro que debería haber recibido desde el día 26, era totalmente lógico, no habían tenido tampoco manera de hacer el depósito. Otra transferencia mensual que recibo de una asesoría, se había liberado, pero tenía que colectarse en Banamex, desgraciadamente, no había sistema el lunes, el martes ya había sistema, pero no había efectivo, el miércoles, pude cobrar.
BBVA que es donde tenía mi cuenta con un pequeño remanente, tampoco tenía disponibilidad. Nos salvó Bancoppel, mi pareja tenía una pequeña cuenta que utilizaba para hacer sus pagos de esa tienda, sacamos en efectivo todo lo que tenía y solicité un crédito, este fue denegado. Mi pareja lo solicitó y fue aceptado. Una cantidad comparable con mis ingresos mensuales, nos dimos a la tarea de comprar víveres y preparar unos paquetes, para distribuir, conformados con centros de carga con batería solar, un pequeño ventilador portátil, además de agua y alimentos.

Nuestro auto es pequeño, lo retacamos de garrafones, latas de atún, sardinas y otros alimentos no perecederos. Los centros de carga produjeron una gran alegría a todos aquellos que se los entregamos, algunos se utilizaron por unos días y generosamente las familias los regresaron en cuanto tuvieron luz, para favorecer a otras familias que no tenían.

Desde el domingo me pude conectar a internet, comunicarme con el resto del mundo y ver lo que se decía de la tragedia.

El gobierno federal jugó (era de esperarse) a la minimización de los hechos, se hablaba de 43 muertos, cifra que oficialmente llegó a 48, y se centró en que, aun cuando lo acontecido era un hecho lamentable, la pérdida de vidas humanas, no había sido tan severa, posteriormente las funerarias, señalaron al menos 350 inhumaciones, provocadas directamente por el huracán.

Jamás el gobierno hizo pública una estimación económica de los daños, esos cálculos fueron realizados por la iniciativa privada y por aseguradoras. Se calcula que se requieren alrededor de 16,000 millones de dólares para la reconstrucción de Acapulco. El 80 % de la oferta hotelera, quedó destruida (al menos), las afectaciones fueron de más de 220,035 viviendas, lo que representa el 98 % de los domicilios en Acapulco.

La solidaridad no se hizo esperar, mis amigos egresados de ULSA, empezaron a hacerme depósitos, primero a la cuenta de Coppel, que era la única a la que teníamos acceso, al principio, lo hicieron ocho de mis compañeros, posteriormente ya que envié el número de mi cuenta de BBVA, un buen número de ellos me apoyó, así también en los chats de la familia, mis primos que tenían la manera de poder apoyarme, lo hicieron de manera generosa, tenemos ya para pagar el crédito que habíamos tomado, al tiempo que logramos apoyar a decenas de familias en Acapulco, con sus envíos. Mención especial merece una amiga suiza, quien hizo un depósito para apoyar en mi rudimentario plan de ayuda, no fui la única causa que apoyó, su filantropía es legendaria en el puerto, aquí reside durante algunas temporadas, nuestra querida Jovita Caviegli, a diez familias les llegó la luz, al menos parcialmente, gracias a ella.

Mi hija y mi nieto, lograron salir del municipio. La inseguridad campeaba durante las noches obscuras, la rapiña empezaba a extenderse a los domicilios particulares, actualmente mi hija está en la Ciudad de México, en casa de una amiga y mi nieto está en casa de una tía paterna en Valle de Bravo. Para mí, saberlos seguros, era lo más importante.

El jueves, con el auto hasta el tope y con el temor de que sufriéramos un asalto en el camino, por los víveres que llevábamos, regresamos a Acapulco. Distribuimos lo que trajimos. El sábado regresamos nuevamente a Ometepec (tierra de mi padre) y el lunes a las 5 a.m. estábamos de regreso, nuevamente con el vehículo totalmente lleno.

Intenté escribir a mano, antes, la verdad es que no pude seguir. Tuve que esperar al 9 de noviembre, cuando ya tuvimos energía eléctrica, para empezar a hacerlo.

Hoy es 14 de noviembre a la una de la mañana, un buen número de centros comerciales (supermercados) ya han abierto sus puertas; así como se surtieron, las compras vaciaron nuevamente los anaqueles, pero con la certeza de que será posible encontrar productos más adelante.

Los precios habían subido a niveles de locura, un casillero de huevo a 160 pesos, un kilo de tortilla a 80 pesos, un refresco frío (mira que lo valía, por el calor y la imposibilidad de tomar nada frío) a 30 pesos.

Los primeros envíos con ayuda, fueron al parecer confiscados, para cambiarlos a cajas que dijeran: Gobierno Federal, la ayuda si llegó a Acapulco, finalmente. Solamente que se hizo creer que la ayuda era directa de la federación.
La Sociedad Civil, fue impedida literalmente de hacer llegar recursos, la Asociación de Estadounidenses radicados en México, querían hacer donativos fuertes (son más de dos millones de residentes) pero se encontraban con el requisito de que todo debía de ser a través del gobierno federal, ellos querían hacer las entregas de manera directa, como nosotros lo hicimos.

Cuando estábamos en Ometepec, a la semana de que había pasado el huracán, veíamos incrédulos los anuncios de que la electrificación se había restablecido a la normalidad, estamos aún muy lejos de ello. Es cierto que diversas cuadrillas de otros estados de la CFE vinieron a ayudar e hicieron una labor ejemplar, pero el anuncio triunfalista de recuperación al 100 % a la semana de los hechos, era irrisorio y propagandístico.

Tengo una amiga que fue presidenta municipal, en su Instagram publicó que estando en Ciudad de México, la noticia era que la electrificación estaba resuelta al 100 %, tan simple como llegar a Acapulco, para darse cuenta que apenas alcanzaba el 30 %. Tengo muchos amigos sin luz, sin agua potable y con necesidades primarias (falta de alimentos).

Una gran población de Acapulco, vive al día (incluyéndome) y la gran mayoría vive directa o indirectamente del turismo. Ahora tenemos un destino turístico inviable. ¿Cómo vamos a mantener a la población si no hay ingresos?
Hace varios días que se decretó el fin de la emergencia. Ojalá fuera cierto. Sigue habiendo riesgo de pérdidas de vidas humanas, ahora por procesos infecciosos dada la insalubre situación de la ciudad, la basura y los escombros, siguen acumulados en las calles de las colonias.

Se ha hecho un gran esfuerzo, conjunto. Enfrente de nuestro condominio, una ceiba monumental, cayó rendida ante el embate del huracán, cayendo sobre el auto de uno de mis vecinos, quien trabaja en el mítico Baby O. Pudo ser el mío, resultado: pérdida total.
Una regidora, Ricarda Robles Urióstegui, acudió al llamado y llevó a dos bomberos, quienes con motosierras redujeron a troncos la majestuosa ceiba, al día siguiente, las trece familias que permanecemos en Acapulco, de los 42 departamentos que abarca el condominio, quitamos los restos del árbol, cargándolos, liberando el camino, para que pudieran circular los vehículos y sobre todo, para que pudiera llegar el auxilio de la CFE. Nuestra labor fue premiada, una cuadrilla del estado de México, coordinada por Ramsés (no tengo el apellido), conectó nuevamente la energía eléctrica.

Nos volvimos a sentir parcialmente civilizados, dormir en Acapulco, con el calor agobiante y seco que se ha manifestado ahora que está deforestado totalmente, créanme que no es agradable. Ya había establecido un ciclo circadiano diferente, durmiendo al ponerse el sol y despertándome al alba. Hoy puedo ya desvelarme, escribiendo esta narración.
Seguimos sin agua, hemos ido a bañarnos en dos ocasiones, a casa de mi querida Claudia Carranza, quien nos hizo llegar también un depósito de parte de mis amigos canadienses Tim y Brenda. Fue el primer depósito que recibimos.
Aclaro que nos seguimos bañando normalmente, solamente que obtenemos agua de pipas que se concentran cerca de nuestro domicilio, llenamos garrafones y los vaciamos en depósitos.
No. No hemos todavía conseguir una pipa con 10,000 litros de agua, para llenar los tinacos, pero espero conseguirla mañana.

Una de ellas, que traía el letrero que decía: Servicio Gratuito de Distribución de agua, Gobierno del Estado, al preguntarle que tenía que hacer para obtener el servicio, me fijo una tarifa “gratuita” de 2,500 pesos. No dudo que el gobierno del estado les esté pagando por el servicio y este sea un negocio extra de piperos y/o choferes. Inadmisible.

El servicio de colectivos, que antes costaba 18 pesos, subió a 50. El abuso sigue campeando, afectando a las clases más necesitadas. Aunque la muerte no distingue clases económicas y sociales. Una querida amiga, salió de su departamento en la mañana, después del huracán, para encontrar a su madre muerta, al lado de una compañera del asilo donde residía. Tuvo que encargarse de todos los cruentos detalles de una cremación, sin tener a ningún amigo que la acompañara. Los huracanes no perdonan.

Los huracanes son fenómenos naturales poderosos que se forman sobre aguas cálidas del océano. Cuando un huracán se acerca a la costa, puede tener consecuencias devastadoras para las comunidades costeras.

Uno de los factores críticos que determina la magnitud del impacto es la categoría del huracán, que se clasifica del 1 al 5 según la intensidad de los vientos. Otis fue como todos sabemos ya, categoría 5.

Acapulco, situado en la costa del Pacífico mexicano, es vulnerable a estos eventos meteorológicos debido a su ubicación geográfica. Las intensas lluvias, fuertes vientos y la marejada ciclónica asociados con los huracanes causan siempre inundaciones, deslizamientos de tierra y daños estructurales en las zonas urbanas y rurales. En esta ocasión lo que no tuvo medida fue la fuerza del viento.

La respuesta a estos eventos es crucial para mitigar sus efectos. Los gobiernos locales y nacionales deben implementar medidas de preparación, evacuación y respuesta rápida para proteger a la población y minimizar la pérdida de vidas y propiedades. La cooperación internacional también desempeña un papel importante en la asistencia a las comunidades afectadas.

La reconstrucción después de un huracán es un proceso a largo plazo que implica la restauración de infraestructuras, servicios básicos y la ayuda a aquellos que han perdido sus hogares. La comunidad global tiene la responsabilidad de apoyar a las áreas afectadas, ya que los eventos meteorológicos extremos se vuelven más frecuentes e intensos debido al cambio climático.

La amenaza de los huracanes y su impacto en lugares como Acapulco resalta la importancia de la preparación, la respuesta rápida y la colaboración internacional. La conciencia pública sobre los riesgos asociados con estos fenómenos naturales también es esencial para garantizar la seguridad y la resiliencia de las comunidades costeras ante eventos climáticos extremos.

Las autoridades supieron con antelación de los riesgos, no emitieron la alerta necesaria, con el énfasis requerido, que hubiera salvado vidas y reducido, aunque en un porcentaje muy pequeño, los daños materiales.
¿Cuál ha sido la previsión del gobierno federal ante la tragedia? Ninguna. ¿Cuánto se destinará en el presupuesto de la federación, etiquetado directamente para financiar la reconstrucción de Acapulco? Cero pesos. Ni un centavo. Pueden estar seguros que Acapulco, no lo olvidará.

Hemos leído en publicaciones en redes, a algunos fanáticos religiosos, que se refieren al paso del huracán como un castigo divino, se destruyó desde el poderío de la máxima deidad a Sodoma y Gomorra. Me podría reír, si no fuera tan absurda y vomitiva su teoría.

La tragedia del paso de huracán es semejante a una sinfonía apocalíptica que resuena en los corazones de aquellos que, en un abrir y cerrar de ojos, ven cómo la realidad se desvanece ante la furia de la naturaleza. Calles inundadas, edificios desmoronados, árboles retorcidos como antiguas criaturas míticas que luchan contra el viento; es en este caos que se revela la verdadera esencia de la resiliencia humana.

La reconstrucción no es simplemente levantar paredes y techos; es el acto heroico de recuperar la esperanza enterrada bajo los escombros. Los ciudadanos afectados por la devastación de un huracán no solo enfrentamos la tarea titánica de reconstruir estructuras, sino también la de sanar heridas emocionales que el viento dejó en su paso.

Cada ladrillo colocado, cada calle pavimentada, se convierte en un tributo a la voluntad inquebrantable de aquellos que nos negamos a ser vencidos por las fuerzas de la naturaleza.

En medio de la adversidad, surge una solidaridad que ilumina la oscuridad. Vecinos se convierten en héroes anónimos, extendiendo una mano amiga para levantar a aquellos que han caído.

La tragedia se convierte en un catalizador para la unidad, y la comunidad se convierte en un refugio donde la fortaleza colectiva se convierte en el cimiento sobre el cual se erige la nueva realidad.

La reconstrucción no es solo la materialización de nuevos edificios; es el renacimiento de una ciudad y la renovación del espíritu humano. Las cicatrices pueden ser visibles en las estructuras físicas, pero la resiliencia y la determinación de la gente son las fuerzas invisibles que lograrán elevar la ciudad desde las ruinas.

En el horizonte, donde antes solo se veía desesperación, emerge un nuevo amanecer. Es un amanecer marcado por la lección aprendida de que, aunque los huracanes puedan arrancar tejados y destruir vidas, no pueden doblegar la voluntad de aquellos que se aferran a la esperanza. La tragedia se convierte en un capítulo, no en el final de la historia; es la semilla de la que brota una ciudad más fuerte, más unida y más resiliente.

La tragedia del paso de un huracán es un recordatorio de la fragilidad de la existencia, pero también es un testimonio de la capacidad del espíritu humano para superar cualquier tormenta. La resiliencia se convierte en la brújula que guía la reconstrucción, y la voluntad férrea de los ciudadanos afectados se convierte en la fuerza que moldea el futuro.

Renaceremos, tomará tiempo, estoy consciente de ello, pero lo lograremos. En siguientes entregas sobre el tema, escribiré sobre la historia de estos fenómenos meteorológicos y algo también muy importante.

¿Cómo resolver y financiar la reconstrucción?

Por el momento, les comparto tres poemas.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *